V Centenario de la muerte de El Bosco

El ritual de un pintor se asemeja mucho al de un poeta y no sólo en que los dos parten de una base pura y blanca.  Ambos son discípulos del Arte y la búsqueda de éste como disciplina única y suprema, es su mayor máxima. Ambos dos pueden optar por diferentes fuentes de estilos, porque si es un buen poeta o un buen pintor, conocerán las diversas técnicas.
Hace tiempo le pedí a una amiga que escuchara mi audio musicado del poema sobre Joaquín Sorolla. Esperaba que su, a mi pesar no tan atenta escucha, diera lugar a una interesante y viva conversación sobre las relaciones intrínsecas entre Música, Poesía y Pintura. Esperaba que me dijera que la composición PLAYERA de E. Granados envolvía  a la letra como si en un paño de gasa y lino se tratase y que invitaba, sin duda, a un día de  sol y de playa. Esperaba que se interrogase el por qué de haber elegido a J.Sorolla como protagonista de mi poema o que al menos divagara sobre la idea mía de mezclar la obra musical, mi poema y el genial pintor valenciano.
Quizá esperaba demasiado de mi “amiga” que me dejó sin feedback. Sólo cayó en la no tan debida cuenta de que repetía en demasía la palabra Domingo.
Han sido muchos los poetas que han dedicado sus versos a una obra pictórica. A continuación les ilustro con el poema EL BOSCO de Rafael Alberti, con motivo del V Centenario de su muerte. La enumeración de los numerosísimos elementos que hace el escritor no es para nada inconsciente ni está hecha al azar. R.A.  recrea la atmófera del cuadro de manera concienzuda; indefectiblemente por las venas de Alberti corría  sangre de efervescente pintor además de magnífico poeta. Por algo sería.
USUE MENDAZA

 

“A ti, fingida realidad del sueño.
A ti, materia plástica palpable.
A ti, mano, pintor de la Pintura”

RA

“El Bosco”

El Diablo hocicudo,
ojipelambrudo,
cornicapricudo,
perniculimbrudo
y rabudo,
zorrea,
pajarea,
mosquiconejea,
humea,
ventea,
peditrompetea
por un embudo.
Amar y danzar,
beber y saltar,
cantar y reír,
oler y tocar,
comer, fornicar,
dormir y dormir,
llorar y llorar.
Mandroque, mandroque,
diablo palitroque,
¡Pío, pío, pío!
Cabalgo y me río,
me monto en un gallo
y en un puercoespín,
en burro, en caballo,
en camello, en oso,
en rana, en raposo
y en un cornetín.
Verijo, verijo,
diablo garavijo.
¡Amor hortelano,
desnudo, oh verano!
Jardín del Amor.
En un pie el manzano
y en cuatro la flor.
(Y sus amadores,
céfiros y flores
y aves por el ano.)
Virojo, pirojo,
diablo trampantojo.

El diablo liebre,
tiebre,
notiebre,
sepilipitiebre,
y su comitiva
chiva,
estiva,
sipilipitriva,
cala,
empala,
desala,
traspala,
apuñala
con su lavativa.
Barrigas, narices,
lagartos, lombrices,
delfines volantes,
orejas rodantes,
ojos boquiabiertos,
escobas perdidas,
barcas aturdidas,
vómitos, heridas,
muertos.
Predica, predica,
diablo pilindrica.
Saltan escaleras,
corren tapaderas,
revientan calderas.
En los orinales
letales, mortales,
los más infernales
pingajos, zancajos,
tristes espantajos
finales.
Guadaña, guadaña,
diablo telaraña.
El beleño,
el sueño,
el impuro,
oscuro,
seguro
botín,
el llanto,
el espanto
y el diente
crujiente
sin
fin.
Pintor en desvelo:
tu paleta vuela al cielo,
y en un cuerno,
tu pincel baja al infierno.

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