La palabra fetiche

Si existiera dentro del vasto reino del Lenguaje, palabras  fetiche para quienes las expresan y las escuchan, ellas deberian ser, en sí mismas, objetos de culto y portadoras de los más bellos sentimientos. En las culturas primitivas, el fetichismo era una forma de creencia religiosa y el fetiche, un ídolo al que rendir homenaje y culto. Hoy urge creer en las palabras, homenajearlas y rendirles pleitesía porque en tanto en cuanto nos ceden la libertad para expresarnos, representan el mayor salvoconducto de nuestros pensamientos y emociones. Están siempre disponibles desde su anaquel, no nos piden nunca nada a cambio; en suma nos hacen seres racionales y por tanto libres. Pero merecen ser cuidadas por nuestra parte con el máximo rigor y cuidados. Reza un proverbio tibetano que la palabra debe ser vestida como una Diosa y elevarse como un pájaro.

Mi padre tenía, como no podía ser de otra manera, sus palabras fetiche. Para dirigirse a los demás cariñosamente empleaba la palabra “encanto”; encanto por aquí y encanto por allá. Para expresar su apego a la vida  la palabra “ilusión” a diestro y siniestro y cuando se sentía sorprendido por algo  entonces todo era una “maravilla”. Cuando todo le venía bien “perfectamente” y si algo le parecía viable y digno de admiración entonces era un “proyecto” y “bonito”. Rara vez le escuché nunca una palabra fuera de tono o de lugar. Así era su lenguaje; de un vocabulario carente de ripios, sencillo y amable, la expresión más fiel de un hombre enormemente bueno.

USUE MENDAZA

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