Cómo hemos cambiado

 

Hemos cambiado tanto que cuando echo la vista atrás, me sobreviene una extraña sensación que no sabría explicar. Lo más políticamente correcto, fuera definir ésta como siempre toca; como una previsible mezcla de nostalgia y melancolía, o fuese también nombrar los versos de Jorge Manrique afirmando que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.  Honestamente,  yo diría que mejores tiempos, no sé, distintos, seguro.

Mis recuerdos de infancia están ligados al pueblo pero no sólo al pueblo en sí sino a todo lo que éste  representaba: nuestra casa, las casas de los abuelos, la leña y la suerte, la bicicleta, la fábrica de helados MIKO que más tarde compraría NESTLÉ,  la misa de los sábados que valía para el domingo, su cooperativa a la medida de un supermercado al uso, su lechería, su cine, la tienda de Leo, sus fiestas patronales, la cuadra de los animales, la acogedora casa de la tía María con su clásico reloj de péndulo  y sus gallinas que corrían despavoridas a nuestro paso…  En fin todo un compendio de imágenes y de añoranzas, no muy nítidas, que formaron parte  de mis fines de semana y de los meses de Verano.

Aunque estudié EGB  en un colegio de monjas de la capital, a mi padre, le tiraba el pueblo. Él se había criado en sus montes (el cercano pico del Aitzgorri es uno de los más altos  del País Vasco) y mi padre adoraba el monte pero todavía adoraba más a sus padres, es decir, a mis abuelos. Mi madre, que siempre ha detestado hacer equipajes, era otro cantar pero había que entenderla porque nosotros éramos muy pequeños, y con dos niños pequeños había que mover muchas cosas.

En nuestra casa del pueblo no había ascensor. Teníamos que subir hasta el cuarto piso todas las maletas que mi madre había preparado con tanto “afán” el viernes por la tarde nada más llegar a casa del colegio. El teléfono fijo brillaba como no podía ser de otra manera por su ausencia pero mi abuela materna ya se percataba de nuestra presencia porque veía desde su casa luces en nuestra cocina. Recuerdo que era siempre mi madre quien se apresuraba a encender el fuego de leña, ritual semanal que tenía sus trucos (algo sobre el tiro bajo creo vagamente recordar) para que la casa se mantuviera caliente. Para eso, cada año nos tocaba la suerte. Pero no la suerte de los afortunados sino la suerte de la leña. Se realizaba un sorteo entre los vecinos que la habían solicitado y a cada uno de nosotros nos tocaba una zona del monte para cortarla de los troncos. Al que le tocaba el área más cercana al pueblo estaba de suerte, nunca mejor dicho. A mí me daba un miedo enorme la sierra que tenía mi abuelo. Aún recuerdo el eco de su ruido volatilizarse entre el frondoso arbolado. La tarea era metódica y tenía que ser rápida, porque el cielo en el norte muchas veces auguraba lluvia y no precisamente chirimiri  y la humedad era ruinosa. Había que introducir aquel pesado pero tan necesario material en unos cestos de mimbre. Era un trabajo tedioso pero muy familiar, por suerte, porque ayudaban los tíos, los abuelos, los primos y algunos amigos a los que habría que devolverles el favor. Se trabajaba en cadena, los cestos pasaban de mano en mano, se llenaban y se vaciaban sucesivamente aunque cada vez costaba más subir los cuatro pisos, bueno los cinco porque el cuarto donde guardábamos la leña estaba en el tejado desván.  Eso sí, la bota de vino y el almuerzo eran sagrados. Así recuerdo la antigua suerte de mi infancia. Estoy segura que si les habláramos a los niños de ahora, los de las tablets y los de las playstations y los de los iphones de última generación, nos mirarían, cuando menos extrañados, como las vacas al tren. No sé si éramos más felices o tal vez menos afortunados. A fin de cuentas, no sé si se vivía  mejor o peor. Tal vez en esta duda interior radique el sentido de mi nostalgia.

Mi abuela paterna, mi madrina, siempre me quiso mucho. Me solía decir que leía muy bien porque ella acudía a la Iglesia todos los sábados en los que yo servía junto a mi prima de monaguilla y leía el Evangelio. Aquello era también otro ritual especial no ya por el hecho de que si íbamos a misa los sábados, no teníamos que ir el domingo, sino porque estábamos expuestas a los ojos de casi todos  los más acérrimos creyentes del pueblo y en los pueblos ya se sabe.   Entre ellos se encontraba mi abuelo materno, mi padrino, que solía percatarse desde el coro que su nieta no doblaba la pierna correcta, cuando entrábamos en el altar y hacíamos aquel ademán para mí más protocolario que otra cosa. Ahora con la perspectiva que da el tiempo, me doy cuenta de que ser a la vez, niña y monaguilla, en aquellos años ochenta, ya digerida, más o menos, la transición a la Democracia  y desde un país de religioso papanatismo hacia un estado aconfesional, era, no un adelanto, porque resultaría excesivamente pretencioso por mi parte, pero cuando menos para mí, personalmente hablando, una oportunidad de cambio.

USUE MENDAZA

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Pueblo de Araia (Álava, País Vasco)

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