Los zapatos rojos

No hay que cargar nuestros pensamientos con el peso de nuestros zapatos.      
ANDRE BRETON

Un zapato es como una alegoría. Ni grande ni pequeño. Siempre buscamos en él su justa medida, aquella que se ajusta idóneamente a nuestro pie. USUE MENDAZA

Se consideraba a sí misma una mujer típica de su edad. Madura, cuarentona, con las cosas y las metas claras, una soltera de oro de las que se dicen llamar muchas. Y atípica, según sus amigas, porque iba a terapia sin necesitarla  y porque sentía no ya animadversión que también, sino una destructiva alergia por todo lo que representaba un color: el rojo.

A menudo tenía pesadillas con aquellos zapatos  rojos de su niñez, zapatos que elegía su padre en un barrio desconocido de una ciudad sin nombre, a la que hacía tiempo apodara como “infancia suya” . Soñaba con esos odiosos zapatos rojos que le probaba su padre cada semana que se acercaban a aquella, también odiosa, zapatería.

En sus pesadillas sufría la larga y tediosa espera en una tienda en la que les asesoraba una adorable y joven señorita, tal vez un tanto estirada y altanera.

-¿Otra vez la has tenido que traer contigo?- escuchaba de la dependienta la pequeña siempre esta pregunta susurrada al oído de su padre de entre los probadores.

También recordaba las caras de extrañeza de los viandantes que se miraban unos a otros, a muy altas horas de la madrugada, cuestionándose cómo era posible que una niña estuviera, sóla, tumbada, a veces medio dormida, otras con cara de sopor y aburrimiento en el sofá de aquel escaparate.

-No parece un maniquí verdad? -Se preguntaban aquellas extrañas caras.

-No, no, es de carne y hueso!!- Se respondían con los ojos atónitos.

Su padre y la mujer regresaban con un exagerado acaloramiento en sus caras y con los pelos algo alborotados, (de lo poco que el sueño  dejaba intuir  a una niña de su edad en aquellas intempestivas horas de la noche), espetándole a que se levantara, le quitaban aquellos incómodos zapatos y le metían prisa para regresar a casa donde esperaba su mamá.

Su terapeuta ha conseguido finalmente revertir todo aquel odio que sentía por la figura de su padre hacia un sentimiento de perdón y como fiel prueba, ayer mismo, se compró en aquella zapatería de su niñez, un bolso y unos zapatos rojos que piensa, ilusionada, estrenar mañana.

USUE MENDAZA

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