El poder de las caricias

El escritor William Faulkner lo tenía claro pero tú no sabes si entre el dolor y la nada prefieres el dolor. Puestos en esta difícil tesitura, te preguntas si  pueden ser comparables y además con semejante ligereza. En realidad, todos los dolores son distintos, manejables a la manera de cada uno. Por supuesto no existe un dolor propio igual al ajeno principalmente porque el dolor de uno siempre es  el más importante.

Lo que ella sentía no era comparable a ningún valle de ese imponente macizo  que se extendía a sus pies, que hubiese podido parecer, ante su dolor, insignificante y diminuto. Explicar un dolor así se podría convertir en una tarea tan difícil y ardua como lo fuera encontrar la paz estable en un proceso de conflicto irremediablemente enquistado aun sabiendo que siempre hay recetas para sanar el sufrimiento y estrategias para disminuir el enquistamiento.

Las generosas vistas que ofrecía el macizo bien merecían una parada del coche en un apeadero. Durante el trayecto ella que conducía y no perdía de vista las peligrosas curvas de la sinuosa carretera, apenas acertaba a mirarle a él de reojo, que no paraba de  hablarle sobre la topografía de toda esa cordillera, al parecer una de las más endémicas de la zona. Pero ella le escuchaba. Muy atentamente. Demasiado como para deducir que su copiloto no era ni por asomo, la persona más digna de tal merecimiento.

No me mereces. No me interesas. No me llenas. No te quiero. Cuántas veces se te pasan por la cabeza esas frases que no aciertas a expresar pero que insistentemente te rondan el pensamiento. A veces te preguntas cómo sería la vida en la que los humanos no tendríamos que expresar con palabras lo que estamos pensando, porque sencillamente todo el mundo pudiera adivinar, en un abrir y cerrar de ojos, los pensamientos del otro. ¿Sería un mundo mucho más sincero y real?. Igual terminarían los hombres y las mujeres lanzándose todos a la yugular. Quién sabe si no nos conoceríamos mucho más a fondo, sencillamente porque no acontecería con tanta inquina entre las personas esas cualidades tan proclives en el emporio de lo humano:  la hipocresía y la falsedad.

Engañosas. Vacuas. Superficiales. En suma todas mentira. Aquel era el pobre concepto que ella tenía de las relaciones entre los hombres y las mujeres. Y la relación que mantenía con él, no distaba muchas leguas de lo que ella creía sobre las mismas.

Hay ciertas tareas que producen en tí un doble efecto: te relajan y te atan a la tierra . Te relaja  pasear con tu labrador todas las mañanas de Domingo. Cuando desatas la correa de tu perro y éste, inmóvil te observa fijamente a través de sus  honestos ojos saltones con un leve giro ladeado de cabeza, sientes, muy adentro de tí, que tu mascota ya sabe en qué estás pensando. Tienes además la vibración interior de que  mira a su dueña, que eres tú, con una admiración y un  interés anodinos. Y luego recoger piñas cuando caminas por el monte, te vincula a la tierra.  Recoges estos fractales de la naturaleza con sumo mimo, como si te hablaran. Como si te susurraran: “Trátame bien”. Las reciclas y usas como adorno para tus  jarrones.

Sobre fractales. En eso mismo pensaba ella mientras descendía del coche en el apeadero. ¿Verían alguno? Se preguntaba. Él también la escuchaba con atención mientras ella disertaba sobre estas escalas; escalas fragmentadas en perfecta proporción y seguramente representadas en algoritmos o fórmulas matemáticas. En realidad, y sin ser muy consciente de ello, con su disertación, sólo quería suscitar en él cierta admiración. Como una especie de cortejo o de coqueteo aunque en la naturaleza de su raíz estuviera el simple solícito deseo de que la quisieran.

¿Por qué buscamos la admiración del otro cuando nos hemos de admirar primero nosotras mismas? Los niños, por ejemplo, son muy dados a pedirla. Y no se cortan. Y hacen muy bien. Que si mama, mira como nado, que si papá mira mi dibujo. Tú también necesitaste de niña el refuerzo positivo de tu padre y de tu madre. El psicoterapeuta Claude Steiner habló de “La economía de las caricias” desarrollando la teoría de que las personas crecemos interiormente en la medida en que recibimos signos afectivos. A mayor cantidad de ellos, mayor crecimiento. En menor medida, se produce un desarrollo menor.

Mira, vaya casualidad.- Le dijo ella sorprendida.- Hablando de fractales, nos encontramos de bruces con uno. ¿Te parece si lo arranco y lo llevo de recuerdo?

-No, mejor que no. 

A veces esperas de los demás cosas que no pueden o no quieren o no están dispuestos a darte . Es como el fractal perfecto que deseas tener entre tus manos pero que no puedes arrancar porque proviene de otro lugar y habla otro lenguaje muy distinto  al tuyo.

La raíz estaba fuertemente sujeta a la tierra. No hubiera podido arrancarla aunque quisiera. 

USUE MENDAZA

claudesteiner

https://www.youtube.com/watch?v=xxJ0rCjBfoM


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s