El hombre que camina

Todas las cosas buenas las pienso caminando, y mientras… las no tan buenas me suceden también. USUE MENDAZA

A Alberto Giacometti, escultor y pintor suizo. A Jorge Luis Borges.

A la misma hora, por el mismo sendero y con el mismo rictus siempre hay un hombre que camina a cinco metros que distan entre la ventana de mi tren y sus pasos. Es ya de noche cuando el hombre, que parece salido de la nada, pasea cabizbajo, taciturno, con una manera tan particular de andar que los brazos parecen colgarle como muertos de un cuerpo quizá acostumbrado a no pegar bocado en días. Hasta que le pierdo de vista. Dicen que la curiosidad mata al gato. Mi curiosa fascinación por este hombre no sé si terminará matándome. Sólo sé que me pica la curiosidad de una forma que resulta hasta malsana. Estamos en invierno y entre el frío exterior que congela las vías y la temperatura ambiente del vagón donde yo me siento, me empecino en limpiar el vaho de la ventana para poder distinguirlo en la oscuridad. Hay días que creo distinguir una flor pendiendo de su mano. Imagino entonces que hay cerca un cementerio y que se ha quedado viudo hará no mucho, que sufre de insomnio y que va a colocar la flor en la piedra de la tumba donde descansa su querida esposa. Y entonces tan pronto como el tren se aleja, me acurruco entre mi jersey y mi asiento en un dulce ensueño.

En otras ocasiones creo percibir para mi asombro una espada en su mano. Limpio de forma nerviosa y asustadiza el cristal hasta que veo una borrosa figura y ésta se pierde en la lejanía. Y con el miedo y el tembleque que la imagen del hombre me provoca, imagino (la mente es libre) que cerca de su casa tiene un cobertizo escondido donde tiene secuestrada a una pobre chica. “Qué tontería!” pienso de manera oportuna y recurrente antes de acurrucarme de nuevo en mi asiento aunque esta vez con una incómoda sensación en el cuerpo. La duración de mi trayecto suele ser con suerte de hora y media, eso cuando el tren no sufre ninguna avería por la invasión de la nieve recién caída en los raíles o por el simple hecho de ser uno de los trenes más viejos de toda la fabricación nacional.

Esta noche nieva como si le pagaran. Entro al tren con el frío instalado en los huesos, aunque bien protegida por la energía que desprende mi maletín de trabajo que agarro celosamente. Me siento en el lugar de siempre. Suerte que puedo elegir dónde. Puntualmente se pone en marcha. A la media hora escasa el maquinista aminora la velocidad. Los pasajeros, aunque ya habituados a tales incidencias, nos miramos con ojos interrogativos hasta que la vieja máquina se detiene dando un golpe tan seco que nos sacude a todos. Cuando alguien con la típica voz de megafonía nos está anunciando la avería, las luces del tren se apagan por lo que nos quedamos sin anuncio y hasta sin aire acondicionado. De la ansiedad, me entran unas ganas inaguantables de fumar pero la sola idea de pensar en salir del vagón en ese punto del trayecto, me produce mucho miedo. ¿Y si me encuentro de bruces con el hombre que camina?. ¿Y si me rapta y me pone la punta afilada de la espada en mi cuello?. Qué bien me vendría un cigarrillo. ¿Y si me saludara cordialmente y me ofreciese ayuda?. El vicio se torna más fuerte que el miedo, éste mucho más dócil que el primero y salgo a fumar a la intemperie.

Las manos me tiemblan. No sé ni cómo sostengo el cigarrillo. Los copos de nieve caen de forma insistente sobre mi aturullada cabeza y se escucha despotricar enconadamente a los otros pasajeros que llaman apresuradamente a sus familiares por el móvil. Me siento en la escalerilla del vagón. Me relaja sobremanera el humo atravesando mis pulmones. Lo demás, la avería, mis pies congelados, el hambre que viene y no se va, un pasajero que se desmaya, el corrillo que se forma a su lado, un niño que no para de llorar…todo esto me trae sin cuidado. Lo único que me importa es el hombre que suele caminar justo en ese lugar y a esa misma hora.

De un brinco me levanto sobresaltada. Ahí está. Ahí camina. En una mano la rosa, en otra la espada. Mis dos imaginaciones, para bien o para mal, cobran vida. Entonces llega la duda. ¿Me acerco? ¿Sí?. ¿No?. Cuatro metros nos separan. Entonces tres. Menos. Casi dos. Sólo uno. Aquí está. Delante de mí. Ya no hay marcha atrás.

-Buenas noches- me saluda con una cadencia de voz grave y solemne que yo jamás hubiera relacionado con un cuerpo tan anoréxico como el suyo.

-Buenas noches. Le conozco de algo y no sé decirle de qué.- Le respondo tartamudeando como quien no sabe muy bien qué decir y con el cuerpo más tieso que una estalagtita.

-Puede ser. Yo camino todos los días a estas horas por aquí. He notado que repara usted, y hace bien, en la rosa y en la espada que llevo conmigo. Parece usted una mujer inteligente. Le explico. La rosa es la que Paracelso resucita con una palabra mágica y secreta y la espada es la de Excalibur, Gram, Durendal y Joyeuse.- Entonces enarbola en lo alto y a modo de ensalzamiento las dos, la rosa y la espada, como hiciera don Quijote con su lanza frente a los molinos de viento.

-Déjadme oh… rosas de un tiempo amado, oh… espadas que jamás supe manejar con destreza, vivir el arte, la verdad y la fe.

Con la sensación de que aquel hombre estaría loco o tal vez enfermo senil, le miro desconfiada y me alejo gradualmente de él. En cuanto a la avería y siendo alertada por otros pasajeros de que ya está por fin solucionada, reiniciamos con fortuna el trayecto de vuelta a casa. Esta vez ya sin más sobresaltos.

USUE MENDAZA

“La Rosa de Paracelso” es un cuento de Jorge Luis Borges que constituye uno de los últimos cuatro cuentos que fueron enviados a la imprenta antes de que falleciese…

Paracelso fue un médico suizo de origen real.
 La rosa es el símbolo del microcosmos y de la eternidad.
La espada simboliza el poder, la fuerza y el eje del mundo.


 

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