Menos cuento y más cuentos

Los mayores tendemos a evaluar sin orden ni concierto, los cuentos tradicionales desde posiciones totalmente enjuiciadas o nada juiciosas, desde nuestra atalaya desgastada de paja, de la que ya dudo si nos otorga más sabiduría y experiencia o si verdaderamente va poco a poco desgastando nuestro dudoso intelecto. Se nos llena la boca de juicios de valor, de vagas interpretaciones banales, de palabras como sexista, provocación o final malogrado, de estereotipos y estereotipados, de significados que rayan la cursilería, de modernidades y sensiblerías varias, de temas sacados de contexto o simplemente de quicio, de tonterías rancias y de fría verborrea que se queda instalada en la superficie de las cosas y no quiere o no puede ver más allá.

Honestamente, ¿contamos con la opinión de los niños?. ¿Les hemos preguntado directamente a nuestros pequeños qué les parece la imagen frágil y delicada de la típica Caperucita en el bosque acechante de peligros ?. ¿Les leemos cuentos antes de dormir para que se duerman y nos dejen tranquilos o lo hacemos motivados por una causa mucho mayor?. ¿Dedicamos un minuto de nuestro tiempo a preguntar a los verdaderos protagonistas del increíble y positivo proceso que es la lectura, qué les ha parecido? ¿Si les han emocionado, si les han llegado a cautivar, si les han transportado en su imaginación o si por contra no les han conmovido ni un ápice porque el cuento de turno les ha parecido realmente y sin tapujos un tostón?.

Desde una perspectiva historicista del género literario del Cuento, conviene recordar el origen y la importancia de su Oralidad (venida a menos) y el hecho de que aquellas primerísimas y breves narraciones populares, basadas en no más de tres o cuatro protagonistas y argumentadas con una intriga y un desencadenante final, fuesen transmitidas inicialmente de forma oral. A través de la voz, como medio único, natural y vivo, han pasado de boca en boca y desde la Prehistoria miles de historias contadas. ¿ No se intuye aquí, es decir en el despertar de la oralidad y de la noble y perdurable transmisión de conocimiento, en realidad un mero instinto de supervivencia del Hombre?. Sobrevive aquello que se cuenta y olvidamos por ende, que lo que no se cuenta, no permanece.

Volviendo de nuevo a las interpretaciones que hacemos algunos mayores sobre los cuentos, a buen seguro que no malintencionadas, no puedo por menos aquí que apelar a las mentes imaginativas de los niños, a esa ingente y maravillosa imaginación de la infancia, para que no resulte dañada por los hilos intransigentes de nuestra manipulación. Implícitamente soslayada o veladamente explícita, pero manipulación al fin y al cabo. Que sean ellos mismos quienes interpreten, enjuicien o salven al lobo malo si quieren y están dispuestos a hacerlo. Que no seamos nosotros quienes les censuremos o les impongamos un libro infantil ni mucho menos un clásico. Que como versa mi título, menos cuento y más cuentos.

USUE MENDAZA


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