Yo también subí al Everest

La muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social; ahora se ha adelantado a las baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay coro. De LA REBELIÓN DE LAS MASAS de Ortega y Gasset.

La magia del pico más elevado del mundo se ve estos días eclipsada por la impresión bastante efectista que ha causado la imagen televisiva de una infinita fila india de “montañeros” a la espera de hacer cima en la tan ambicionada cumbre.  Estos botarates de la sagrada montaña se han propuesto, y a pies juntillas, invertir el tiempo y el dinero necesarios con tal de poder contar a sus nietos que “ellos también estuvieron en el Everest”.

No me digan que el fenómeno (quizá fortuito o tal vez fraguado desde años) no es curioso o que la persona menos cabal del mundo no se da cuenta de que el hecho en sí deja poco margen para depositar un mínimo de confianza en la persona. Muchos olvidan que no bastan tiempo, dinero, preparación mental y física, ambición y voluntad para sentirse hermanado con el punto más elevado del planeta Tierra.

Desconozco cómo se podría abordar el asunto desde una vertiente antropológica o sociológica. Tampoco sé si pudiera la fenomenología de la Filosofía explicar las razones inherentes al comportamiento de la especie humana. En cualquier caso, pienso que el poder influenciador de las masas manipuladoras tiene mucho que decir al respecto.   

Todos vamos en masa. En masa al supermercado. En masa a los centros comerciales. En masa a las playas. A las manifestaciones. A los partidos de fútbol. A los conciertos.  A la fiesta. A las procesiones. A los museos. Pocos sitios son ya irreductibles a la presencia invasora del hombre. Ni siquiera lo es ya la montaña.  Vergeles en un tiempo añorados y conquistados por unos pocos. Olvidamos su poder, (muchos son los que se han quedado en el camino de la gloria) y queremos convertirla ingenuamente en una pieza museística más.

Con los museos pasa otro tanto. Los invadimos en tropel con el tiempo más bien ajustado al requerimiento propicio de un espacio no apto para las prisas sino para la observación y la elección pausadas. En cuanto a ésta última, la elección, disimuladamente nuestra, nunca es realmente propia sino propiciada por la masa en su conjunto. De ello habrán dado ya buena cuenta. Si es el caso que por ejemplo visitamos el Louvre, cumplimos y con creces si hacemos cola para ver a la famosa Gioconda.   Los demás cuadros, las restantes obras de arte ya no tienen tanto “valor”. Lo importante aquí es “yo fui al Louvre” y “yo también vi a La Gioconda”.

Con todo esto, estamos propiciando que algún día los propios museos o la propia Montaña se nos rebelen. Que nos digan “Basta ya, hasta aquí hemos llegado” ; o que suceda, como hacen los animales en la obra póstuma y primera novela del antropólogo José Antonio Jáuregui titulada JUICIO A LOS HUMANOS, (concebida junto con el indiscutible Félix Rodríguez de la Fuente) ,  que tome la Naturaleza la última palabra.

USUE MENDAZA

Cordillera del Himalaya (8848 metros sobre el nivel del mar)
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s